Solo al Sur (Parte 2)

Mis primeros pasos de viaje comenzaron en Bahía Blanca, ciudad en la que vivo hoy en día. Me tome un colectivo de línea (Línea Nº 519) que me dejaba en la ruta y me baje en el cruce que va hacia la ruta tres. Para los que han andado por el lugar, me pare en la estación de servicio ubicada antes de la rotonda que te lleva hacia General Cerri. Serían las nueve y media de la mañana y hacía mucho calor. Me baje y ya había gente que estaba haciendo dedo a unos cien metros de donde estaba yo. Obviamente uno trata de ponerse en un lugar que no perjudique al que ya estaba. Es como un código implícito cuando llegas a hacer dedo a algún lugar. Una hora y veinte habré estado esperando para que me lleven. Con el tiempo me di cuenta que me habían llevado rápido.

En general, si uno viaja solo es más fácil que lo lleven. Principalmente los camiones que a veces tienen solo una butaca de acompañante y no les gusta llevar gente si no es en la cabina. Un camionero correntino que viajaba para Cipolletti me alzó. Fuimos por la ruta tres y después por la veintidós. No paramos más que para cargar combustible.

Para los que viajaron por esa ruta sabrán que lo más duro es la ruta pasando Río Colorado. Una recta interminable que te cansa de solo verla en el mapa. El paisaje ahueca los ojos del que se quede mirando. La nada misma. Plantas que crecen en el suelo más seco que se pueda imaginar. Promesas de jabalíes que no aparecen y el sol que te sigue cualquiera sea el lugar en que te pongas. Lo divertido de este tramo fue cuando en un momento los ojos se me empezaron a cerrar. El calor me estaba abombando y estaba a punto de dormirme cuando escuche el grito del camionero:

-¡Ueep, no te duermas porque te bajo eh!-

No pude distinguir si me lo decía en serio o me estaba cargando. Por las dudas ni me atreví a cerrar un ojo hasta que llegamos.

En una de las paradas para cargar combustible, subió una pareja de extranjeros que venían viajando. Fueron en el chasis del camión. No sé como aguantaron el calor y la tierra. Lo que sí puedo asegurar es que cada vez que parábamos y charlábamos, lo único que veía era la alegría de sus ojos. Supongo que el viaje los tendría entusiasmados.

Para los que no conocen la región del valle, la zona está minada de plantaciones de diferentes frutas. Las principales son las denominadas de pepita, como las manzanas y peras. Pero también se producen frutas de carozo y uva.  Por esto a lo largo del camino se pueden ver no solo las plantaciones de las mencionadas frutas, sino también varias empresas que se dedican al empaque, conservación y producción de vinos y jugo. Más allá de esto, el paisaje principal lo forman las plantaciones frutales, numerosas cortinas de álamos que buscan reducir el efecto del viento que no es poco y los incontables canales fluviales que costean las quintas para abastecerlas de agua para el riego. Más adelante voy a comentar un poco mas de estos canales y su historia con las palabras de un lugareño con quien compartí un trecho del viaje de regreso.

Llegamos a la entrada de Cipolletti cerca de las ocho de la noche. Me baje y le agradecí al camionero por el gesto de llevarme. Fue el primer momento donde me di cuenta que estaba solo sin saber a dónde ir. Una mezcla de miedo y adrenalina por todo el cuerpo. Es el momento en el que te das cuenta que no estás en casa. Que no podes simplemente terminar de hacer lo que estabas haciendo y volver. Que falta mucho para que termine el día.

Empecé a caminar para ver si encontraba un lugar donde pasar la noche. Busque antes del puente de una vía ferroviaria que pasa a metros de la rotonda de Cipolletti. Cerca del puente que cruza el Río Neuquén y cerca de la terminal.  No encontré nada.

Cuando ya se hizo de noche me topé con el sueño nuevamente por lo que decidí ir a la terminal que esta a unos cincuenta metros de la rotonda a sentarme un rato. Por un momento pensé en quedarme despierto en la terminal y al día siguiente, una vez que saliera de Neuquén, ya en zonas más despejadas, encontrar un lugar donde matar el sueño. A unos pocos minutos de sentarme me di cuenta que me estaba quedando dormido. Por eso agarre las mochilas y las asegure a mis piernas por si me dormía y aparecía algún amigo de lo ajeno. Habré dormido una media hora sentado cuando me desperté y empecé a ver una mujer de seguridad que pasaba y me miraba. Decidí irme de ahí para evitar que me echaran de mala manera.

Empecé nuevamente a caminar para ver si encontraba un lugar. Ya estaba de noche hacía un rato. Pasé por un descampado, pero los perros del vecindario no paraban de ladrar y posiblemente a algún vecino le iba a parecer raro. Lo que menos necesitaba en ese momento, era tener un encuentro con la policía. Me metí a una calle bastante oscura, camine unas cuadras y al doblar por una esquina vi que a unas dos cuadras venían dos muchachos. El horario, la oscuridad y el hecho de no conocer donde estaba hicieron que de media vuelta y me fuera. No corrí porque quedaba muy evidente que no me los quería cruzar, pero camine rápido y volví a la rotonda donde había luz y algo de movimiento. Desde ese día, siempre que viajo trato de buscar donde pasar la noche antes de que baje el sol.

Como se darán cuenta, hasta ese momento no tenía idea de cómo iba a terminar mi noche. Abrí una lata de paté y empecé a untar unas masitas secas porque ya tenía hambre. Unos minutos más tarde, y casi de manera sorpresiva aparecieron los salvadores de la noche. Así los recuerdo, porque si no fuera por ellos no sé como hubiese terminado mi día.

Esa noche aprendí que el camino se puede poner duro. Que te podes perder sin saber que hacer y que el miedo te puede invadir varias veces en un mismo día. Pero también aprendí que, por suerte, siempre vas a encontrar una mano amiga que te va a ayudar.

…………………………………………………………………………………..Continuará…

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