La Vuelta de Casarero

El Primer y único día fatal de Esteban Casarero fué el cuatro de julio de 2016. Un frío que rajaba la piedra justificaba la armadura de paño gris que lo cubría hasta al cuello la mañana que salió de Villa Regina rumbo a la ciudad de Huangelén. Se presentó en el puesto de la terminal y sacó el pasaje con cinco billetes de cien. Terminó el trámite y le dedicó los veinte segundos posteriores a la puteada tradicional argenta que aparece cuándo hay que largar el mango. Se paró en la plataforma tres, que obviamente no coincidía con la del texto del pasaje, y se prendió un pucho mientras esperaba que apareciera el pibe que te carga los bolsos. Antes de subir, se acercó al chofer que esperaba para cortar los boletos, ya que el letrero luminoso estilo quiniela que anuncia el destino decía La Plata, y para sacarse la duda le preguntó si pasaba por Huanguelén. Era el único micro estacionado en toda la playa, pero Esteban necesitaba una confirmación.

Esteban había nacido en Huanguelén, y de los cuarenta y siete años ya archivados en el bolsillo, trece había estado en el pueblo. Llegó si otro motivo que el de resolver temas de la sucesión de su padre, quién había fallecido un par de meses antes. El regreso lo tenía inquieto hacía ya una semana. Era como si alguien le hubiese mojado el corazón. Estaba con una rara sensación en el pecho. Un mejunje de emoción y melancolía que lo tenían atontado. Y no era para menos. Tenía que volver al pueblo donde había crecido. Pasar por el descampado de la asociación de fomento del barrio Cecilia Mitula, donde tantas tardes la pelota del gordo Ridolfi había tapado el sol como con la mano. Costear la plaza Rivadavia, pisando el pedregullo fino que se te mete entre las medias para pincharte la planta del pie. Esquivar el perro blanco de los Bermudez, que confundía estúpidamente cualquier talón humano con una rueda de bicicleta. Saludar a Estela, la vieja chusma del barrio, que lo vendió con su madre esa vez que lo encontró fumando Lemans en los tubos rojos de alcantarilla de la escuela veintidós. Llegar a su casa escuchando el motor del stremp 1500 blanco de su padre, ese que terminó siendo propiedad del viejo Rizanti, un tambero canoso que te vendía leche mezclada con agua a un precio inigualable.

Llegó a Huanguelén a las dos de la tarde. Bajó y como si hubiese llegado al lejano oeste un rayo de sol le pegó una encandilada tal que casi se traga el compresor del aire acondicionado de la ventana de la terminal. Iba a parar en la casa de su tía Anabela, quién vivía pegado a su antigua casa, pero como no llevaba más que un bolso, evito el taxi y salió caminando por calle Urquiza.

Esteban tenía un mapa de Huanguelen en la cabeza. Conocía cada rincón del lugar que lo había visto partir hacía ya veinticuatro años. Caminó dos cuadras y el viento ya lo venía abofeteando cuándo el brillo del vidrio del viejo bar Mansilla le anticipó lo que estaba por venir. La estampilla del recuerdo del vasco Mansilla con el delantal azul y el repasador amarillo encarnado en el hombro derecho, eran ahora una calcomanía del nuevo modelo de camionetas Racer. El perfil del mostrador heladera marrón, con las colillas de cigarrillo apretadas contra el vidrio, las había barrido quien sabe que monigote inmobiliario para poner una concesionaria. Después de exhalar el primer aire de melancolía, Esteban relajó los parpados, aflojo el brazo derecho que se le estaba acalambrando con el bolso, y siguió avanzando tratando de esquivarle al lamento.

Caminó dos cuadras atrás de siete perros que andaban atrás de una perra alzada y llegó a la plaza Rivadavia. Encaró el cordón de Urquiza y Vallares, que seguía siendo de treinta centímetros de alto, y se le vino a la memoria aquella tarde en la que el flaco Murieta se había pelado las dos rodillas queriendo subirlo con una lata de gaseosa en la rueda trasera de la bicicleta, en un intento por inmortalizar aquella última carrera Freddy Misain en el circuito de Trenque Lauquen, allá por el año ochenta y nueve.

Atravesó la vereda de pedregullo y empezó a sentir que algo no andaba bien. Esteban no se daba cuenta, pero el tiempo lo venía siguiendo desde hacía unos días. Y todos sabemos que cuando el tiempo te ficha no te salva ni la patria misma. Ese maldito tiempo que te aprieta la mano para traicionarte justo cuándo nadie te puede ver.

Entregado a lo que pudiera pasar, Esteban llegó al cruce de Urquiza y Rocha mirando fijo el fin del camino. El aire no podía estar más espeso. Avanzó treinta metros y llegó a su vieja casa. Urquiza quinientos ochenta y  siete. Se paró bien en frente. En ese instante, como una sombra de gorriones negros trayendo la noche, el tiempo, que por excepción venía sin la muerte, atacó el alma de Esteban de un solo golpe.

De la casa solo quedaban restos. Las rejas que cada año quedaban rojas por el anti óxido que le pasaba su padre ya no se veían, tapadas por el tumulto de las enredaderas. El fino cantero de hortensias blancas, que su madre regaba religiosamente todas las noches para evitar que se quemen con el sol, ya no acompañaba la entrada del lugar, y en el fondo, como cerrando la imagen del abandono, las primeras paredes exteriores de la casa, salpicadas de tantos años, eran ahora una sola capa gruesa de humedad y verdín.

Una bola de aire frío broto de la boca de Esteban. Fue como si un pedazo del alma se le hubiese desprendido para escapar para siempre. Y como todo aquel que sabe que nada peor puede pasar, Esteban cayó de rodillas y se puso a llorar. Supo que el tiempo le había jugado una mala pasada. El muy maldito había usado su partida y su recuerdo intacto para atacar.

Esos veinticuatro años habían pausado la mente de Esteban. Le habían dejado una sensación de permanencia falsa que la realidad se ocupó de aniquilar destruyendo por completo su corazón.

Esteban Casarero partió de Huanguelén la mañana siguiente. Su mente aún no ha podido borrar los ojos orgullosos del tiempo, en aquella tarde del cuatro de julio del 2016.

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